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LXXV. Cocina y literatura

por | Feb 28, 2016 | Opus Magnum

windowBien podríamos comenzar con una breve introducción biográfica describiendo la artificiosa vida sufrida por el articulista que habrá de animar nuestro siguiente relato; al mismo tiempo, también es ciertamente verdadero que podríamos ir hacia la cocina y preparar una rica bocata de jamón de bellota y queso manchego; o, si no estamos con ánimo de comer, simplemente recurrir al I Ching y hacer la pregunta requerida.

También podríamos aprovechar la (quizá) peligrosa y (aparentemente) azarosa coincidencia de su propio apellido con aquello que habremos de revelar a continuación, e inferir o hasta sugerir que podría haber perdido, debido a una virulenta infección, su juicio cuando aún era un puro mancebo; sin embargo, si ello fuese cierto, este artículo jamás podría haber sido escrito; o efectivamente sí podría haber sido, dada su horrenda calidad por la cual desde ya nos disculpamos sinceramente.

Si fuésemos forzados a elegir uno de los dos caminos posibles, es decir, entre la realidad en la cual el infame artículo jamás hubo sido escrito y el sendero sobre el cual efectivamente sí se ha escrito el interesante artículo en cuestión, y nosotros optáremos por la respuesta y camino afirmativo, seguramente esa misma pieza pseudo-literaria habría de aseverar que las siguientes líneas aparecieron en un prestigioso periódico progresista, acaso impreso en un país bañado por el Mediterráneo, y luego leeríamos el siguiente relato ficcionado.

A pesar de lo increíble que pueda sonar (o visear – algo visto en vez de escuchado –, o ambos), ello es precisamente lo que ocurrió en la vida real; aquí, los hechos: lo cierto es que el gris analista literario y naturalmente frustrado y envidioso pseudo-escritor, llamado por algunos don Rafael González de la Muela, afirmó recientemente en un artículo publicado por el ejemplar y progresista periódico español El País, el cual (vaya casualidad) en aquel entonces estaba subrepticiamente publicitando el último ensayo de de la Muela acerca de la notoriamente omitida relación entre la literatura y las artes culinarias, lo siguiente:

“El magro guarismo (35) que la espejante balanza reporta a mis ojos son los vitales kilos que quedan en mi cuerpo luego de varios años de incesantes investigaciones; así es como se puede medir la pasión; tal es la pasión que despojó a mi mente de fútiles preocupaciones terrenales; una pasión que me condujo, para beneficio de todos (yo mismo incluido), rumbo a un descubrimiento, o mejor dicho una intuición, que ha estado rumiándose y tallándose en mi mente durante este reconfortante tiempo de estudio que me permitió bucear en la mismísima esencia de la literatura hispánica y sus lazos con las artes culinarias:

“¿Quién necesita procurarse comida, comer, digerir y luego lavar los utensilios cuando el alimento puede ser directamente pensado? Hoy es un hecho conocido que los españoles tenían (y aún lo practican en algunas regiones) la costumbre de apellidar a sus recién nacidos en honor a su lugar de origen[1], algo que curiosamente no ocurrió en este mismísimo caso que es el génesis de mis elucubraciones y revelaciones internas: el caso del hidalgo don Quijote de la Mancha.

“Semejante vaguedad apellidaria nos fuerza a darle paso a un número de incómodas preguntas: ¿De dónde vino tal apellido? ¿Acaso él, hidalgo Quijote, llegó a este mundo surgiendo desde las aguas del Canal de la Mancha? (2) ¿Fue él acaso un tardío Moisés, condenado a representar el prototipo del hombre futuro cuya vida habría de ser leída literalmente en vez de como metáfora mística de realización personal? ¿Nació en algún lugar de la vasta región que se estira entre los Montes de Toledo y las Serranías de Cuenca?

“Yo no soy uno de esos que quizá se sentirían satisfechos con semejante tibiezas e inexactitudes geográficas: yo busco la certeza así como el gas busca el orificio de salida liberadora; tal como el perfume vuela para encontrar la nariz adecuada: así es el tipo de pasión que me hizo considerar las ventajas del pensamiento lateral: algo que seguramente me ayudará (y ayudó) a romper la monotonía escolástica; tal impredecible geometría del pensar me condujo a una epifanía gástrica que, esculpiendo un gusto ácido en mi boca reflujada, abrió las ventanas de mi grasosa percepción: ¿podría ser que el celebrado hombre, aquel novelesco personaje concebido y creado y esculpido a través de las palabras del gran Pierre Menard, para luego ser perfectamente re-escrito a la moda hispánica del joven siglo XVII a través de la mano de Miguel de Cervantes para finalmente ser repetido durante la historia toda de la literatura mundial, conocido por todos como Don Quijote de la Mancha, deba su apellido no a su original y vago – casi incierto – lugar de nacimiento, mas a su única torpeza en las artes del buen comer y la cata de delicias culinarias?

“Permitiéndome ser gobernado por esa afirmación bíblica que resuena a través de la eternidad repitiendo que ‘Tú ves la paja que está en el ojo de tu hermano, mas no eres capaz de ver la viga que está en tu propio ojo’, comprendí de inmediato que la solución dependía de – y pendía sobre – una navaja Occamiana; el más simple ejercicio dilucidatorio era conectar los desastres culinarios del Quijote y las naturales y constantes manchas que atestiguaban su ansiosa torpeza, con su apellido: estaba todo allí, servido, esperando ser devorado; un cochinillo ansioso por ser despedazado por un delicado plato de porcelana.

“Luego de haber sido capaz de morar en el Alam al-Mithal fue que pude al fin intuir que el hidalgo con quien seguramente comparto alguna porción del polvo en el cual él yace y al cual yo volveré, algunas células, un puñado de sueños y fantasías – o quizá ya haya bebido su propia orina creyendo que solamente estaba degustando un Cabernet de Mendoza –, era un atolondrado engullidor: siempre, inexorablemente, inevitablemente, sus suntuosas comidas alcanzaban su clímax con el mismo (sin embargo diferente) motivo abstracto pintado sobre sus ropajes, mas con diversos colores y texturas según el menú ingerido: un hombre-arte; una obra-viviente-de-arte-en-progreso; un lienzo a ser pintado por las vicisitudes de la vida y de la digestión; la metáfora definitiva de transformación y creación ad eternum. Así libero a mi ventosidad interna (al fin), y de este modo alcanzo mi verdad final.”

El crítico literario y teórico francés Jean Pierre Couspin, aprovechando el revuelo delirante creado por de la Muela, comenta en la edición dominical de Le Monde:

“Con la única intención de agregar unas gotas de sabiduría a las observaciones del profesor González de la Muela, me gustaría comentar humildemente que el famoso apellido de la Mancha podría acaso estar relacionado a la fortuita coincidencia en lo que a la fecha durante la cual acaeció la partida de ambos colosos de las letras hispánicas y anglosajonas; naturalmente me estoy refiriendo a Miguel de Cervantes y a William Shakespeare. Ambos mueren durante una primaveral jornada de Abril, precisamente el vigesimotercer día del año 1616; aunque bien sea cierto que la muerte de Miguelito fue de hecho registrada apenas un día antes de la fecha afirmada en este humilde escrito: un detalle menor que le debe su existencia solamente a ciertas ingenuidades burocráticas que típicamente ocurrían en un casi olvidado Madrid.

“Acaso ambos sean uno, y el mismo: Don Quijote es (fue) un Cervantes que pretendió ser Menard; de la Mancha es (fue) Shakespeare. El Bardo manchó la tela que alguna vez supo ser vestido (leer esto para comprender más acerca de este tópico fascinante); la elipsis perfecta: una simetría geométrica que nos permite ver cómo, en este caso particular, Will sobrepasa al noble Cervantes: nacer y morir el mismo día (a pesar de haber sido bautizado durante el vigesimosexto día, es justo asumir que el Bardo tuvo que haber sido iniciado en los rituales eclesiásticos durante el tercer día de su presencia terrenal, a la manera de una verdadera resurrección) es algo reservado para unos pocos (incluso notar cómo lo numérico mímica – o acaso refleje – lo factual: morir y nacer en el mismo día podría ser perfectamente obra del azar o de un distraído destino; pero ver esa misma duplicación a través de esos números que aseveran el año de su muerte, acaso sea brutal: 1616).

“Quizá, en esta dimensión plena de incertidumbre mas con indicios de unidad, tengamos que considerar que de la Mancha podría ser una velada referencia a aquel famoso episodio –previamente citado dentro de los confines de este Opus Magnum – de eyaculación precoz del joven e inexperto Sheikh Peer (sabio antiguo), que es (fue) Shakespeare.

“Willy, Cervantes y don Quijote podrían (han sido) ser la misma unidad de tres rostros; un Jano tripartito (el tercero siendo la suma de los opuestos); una sagrada trinidad literaria bendecida por las musas emplumadas. Tres personajes o personas unidas por una cierta pegajosidad seminal… por un precioso dictamen que manchó los hilos de las Nornas regidoras del destino, para siempre.”

Por otro lado, una desconocida voz retumbante en algún ignorado café de Buenos Aires, gritó entre medialunas y cafés con leche y triples de miga:

“Che, para mí que el Quijote es Nasrudín.”

 

[1] Menuda tarea habría tenido que enfrentar el autor de este vergonzoso artículo de haber sido forzado a justificar su propio apellido y su más que improbable origen molar.

 

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