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LXX. Grotesco

por | Ene 3, 2016 | Opus Magnum

windowEl dietista, místico, experto en esoterismo medieval, amante de los perros y fanático de Monty Python llamado Richard von der Walde, siempre hubo soñado ser entrevistado por un periódico de fama mundial; algo que se transformó en una privada obsesión desde que tenía cinco años.

Tal caprice alimentó vorazmente su carrera y futuras investigaciones, especialmente durante sus tempranos treinta: tiempo durante el cual se dio cuenta de que algo notable debía ser realizado para figurar en las páginas del londinense The Times, o The Guardian, o The New York Times. La sal se transformó en la excusa para aspirar a, degustar (y postreramente lograr aunque de un modo insospechado) la anhelada notoriedad mediática; sus extraordinarias cruzadas laboratoriales le reservaron finalmente un palco de honor en el parnaso entrevistador.

La fecha de su más ansiado y deseado día fue el vigesimoséptimo del único mes de octubre que el año 1964 jamás tuvo que padecer; mas el sueño en su forma ideal ignoraba que ya estaba condenado a perdurar por siempre, a errar buscando soñadores entre reinos de algodón y seda y lino; el sueño que finalmente arribó de una forma insospechada:

Richard von der Walde nunca pudo arribar a la tan ansiada cita con uno de los más famosos divulgadores científicos de su tiempo, un tal Mark Hill, en un Café Rouge del condado de Surrey: un distraído o abrumado cartero y su bicicleta sobrecargada de bolsos repletos de ansiosas y fútiles y tediosas tarjetas navideñas decidieron en contra del deseo y fantasía personal de nuestro científico investigador; esta es la razón por la cual solamente podemos reproducir su último sueño, insistentemente soñado durante su mañanero viaje en autobús, el cual eventualmente lo ubicaría en la mismísima escena del accidente fatal, volviéndose así las somníferas imaginaciones en cómplices de su muerte; un acólito del destino.

Habremos de omitir los innecesarios e ilógicos detalles oníricos, para presentar simplemente la esencia de su fantasía. La soñada entrevista, tal como supuestamente habría sido la verdadera, le es relatada a Mark Hill, quien así la editaría para el Frankfurt Allgemeine Zeitung:

“He sido capaz de probar que – resultados que serán publicados en un futuro cercano – la así llamada sal light o sal de bajo sodio no es solamente un producto que está reportando ganancias billonarias a ciertas compañías inescrupulosas, sino algo que es absolutamente inútil para el organismo humano; por no hablar de sus por demás engañosos y fraudulentos beneficios publicitados; un producto que, según afirman sus creadores y vendedores, tiene un 60% menos de sodio.

(Perdón, pero debo bajarme en la próxima parada)

“Mis inequívocas y acaso fatales conclusiones, las cuales nacieron luego de haber sido degustadas y puestas a prueba una y otra vez durante cinco acosadores años de experimentos y estudios blancos y molestos y altamente presurizados, muestran prístinamente que aquellos desdichados consumidores de semejante invención salada y artificial terminaban usando un 60% más del producto en cuestión, para compensar la falta de salinidad que tal producto sufre; este exceso en el ponimiento acarrea otro – mas no insustancial – problema con el lado visual de la cosas: semejante incremento arruina las virtudes estéticas de un plato de comida que ahora se ha convertido en una invernal montaña suiza; acaso donde Heidi y su Abuelito solían vivir.

“También se ha notado que, en varias ocasiones, este abusivo ponimiento salero-nevado trepa a un incremento del 67.5% en el consumo del producto light cuando es comparado con el consumo que habría ocurrido si se hubiese tratado de la sal común y corriente.

“El resumen es que, como una consecuencia natural de la falta de sodio en la sal light, las puestas cantidades del falso producto blanco aumentan sensiblemente: hecho que ocurre inconscientemente para equilibrar la publicitada ligereza; el cuerpo intenta compensar la falta de sal real, usando más del producto artificial. La verdad matemática es irreductible: la cantidad de sodio consumido permanece constante (cuando no mayor), ergo, los publicitados beneficios son inexistentes; como siempre, los consumidores están siendo vejados nuevamente.”

Este, su postrero sueño, adoptó una forma falsamente premonitoria, continuando así:

“El fin de semana que seguirá a la publicación del estudio que acabo de mencionar al comienzo de esta mismísima entrevista, y dos semanas después de la edición de este artículo, especialmente en el continente europeo todo y los Estados Unidos, esta maravillosa pieza periodística de divulgación científica firmada por el gran Mark Hill será un tópico predeciblemente típico en cada charla de sobremesa, en cada reunión de negocios, y en cada sermón religioso; un tema que despertará algunos salados desacuerdos entre aquellos involucrados.”

La cadencia final:

“Lamentamos informales que el asombroso y único Richard von der Walde ha sido reportado muerto por las autoridades policíacas de la germana ciudad de Heidelberg, lugar de su postrera residencia; la sospechada hora de muerte es 4:57 am, hora local. Efectivamente es una pena dadas sus extraordinarias cualidades humanas y su gran refinamiento culinario.”

Y la coda:

“Los rumores susurran que su cuerpo fue encontrado dentro de una enorme montaña hecha de sal, sin mostrar signo alguno de violencia; en la cima de esta salada montaña supuestamente había una ovejita junto a pastorcillo suizo cuyo nombre podría ser Pedro; de lo anterior se deduce que la muerte bien pudo haber sido por asfixia. Actualmente hay una investigación que está siendo llevada a cabo por la policía científica local: los primeros resultados indicarían (según algunas fuentes judiciales) que la sal usada para los asesinos propósitos podría haber sido una de bajo sodio; ergo, se calcula que la montaña salada habría sido un 60% más baja si hubiese sido hecha con sal verdadera.”

(Amigo, despiértate. Ya llegamos a la terminal. Por favor, descienda ahora mismo.)

Segundos después del infame accidente, el tembloroso y asesino cartero culpó a la falta de sal gruesa típicamente usada para derretir el hielo de la vereda y calles; luego se descubrió que el Rat (ayuntamiento) de Heidelberg había determinado un recorte en los gastos de la ciudad, focalizándose principalmente en el reemplazo de la derretidora sal gruesa por una más barata y menos efectiva: la infame sal de bajo sodio o light.

 Aparentemente, aquellos responsables de las calles nunca agregaron el porcentaje extra necesario para que el efecto deseado ocurriese…

 

 

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