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LVI. Mercadotecnia

por | Jul 9, 2015 | Opus Magnum

tEam“Medio médico es un peligro para la vida material, y medio sacerdote es un peligro para la vida espiritual”, reza el proverbio italiano.

En este caso, otra incompletitud resultó ser fatalmente peligrosa para la totalidad de una mujer acerca de la cual sabremos en algunas líneas…

Página 874653, segunda línea:

La familia Mortessi, famosa por sus olivares en la región de Liguria, Italia, fue poseedora de incontables [1] tierras y granjas en la que alguna vez supo ser la joven y pujante Argentina; también poseían dos cualidades que, cuando operan al mismo tiempo, siempre resultan ser un peligro para la vida y también para la muerte: eran los únicos responsables y dueños de un negocio que comenzó alguno siglos atrás, no a través de una inclinación hacia el placer, mas por un golpe de mera necesidad: una cierta Rossella Manfredi murió súbitamente, forzando así a su sacudido marido a realizar los deberes de un sepulturero sin las habilidades necesarias o medidas de seguridad apropiadas.

Esa misma historia sepulcral que sirvió como la chispa negociera es contada cada víspera de navidad por los amigos de la familia, gritada como un fervoroso mantra acompañado de estridentes sonidos de risotadas y pedos (seguramente causados por la intensidad de las risas inspiradas por el bizarro relato).

El desdichado viudo y a la sazón involuntario comienzo del mito, Rigoberto Manfredi, había sido abandonado por sus padres luego de apenas una semana viviendo en este cruel mundo; mientras que Rossella tuvo que sufrir la misma suerte: sin embargo ella fue dejada en soledad, extraviada, durante las escasas horas que siguieron a su nacimiento.

El ahora viudo Rigoberto nunca antes había tenido que enfrentar la muerte como tuvo que hacerlo luego de la repentina e inesperada partida de Rossella; y como resultado lógico de esto, no tenía idea alguna acerca de qué debía hacer con el cadáver aún templado de su querida esposa. Hizo lo que los ignorantes hacen usualmente: llenó el vacío con el producto de su imaginación. Entonces inventó un procedimiento: y debido a que yo, el traductor y transcriptor de este mismo relato soy consciente de mi propia ignorancia, con gusto prefiguraría e imaginaría el proceder de Rigoberto, pero al mismo tiempo no soy ignorante ni olvido el juramento que he realizado para poder servir a este magnificente Opus Magnum. He prometido no permitir que mi ego interfiera con este deber sagrado que es el traducir. Así que llenaré el vacío únicamente con verdadera información inimaginada.

El afligido Rigoberto situó a la tiesa esposa sobre la mesa de la cocina – que de hecho era la única en toda la casa – e influenciado tanto por las varias lecciones de inglés que por entonces estaba tomando con una profesora nativa de Uzbekistán, como por su hispánica mitad y la heredada memoria de sus antepasados ibéricos (su madre, Hortensia, alguna vez supo ser una preciosa muchacha que hechizaba las calles de Quintanilla, su pueblo nativo en Santander; tal como pudo averiguar luego de una constante búsqueda llevada a cabo durante su fervorosa juventud: toda existencia tiende a su origen) hizo algo que quizá para el lector de hoy – y ayer, y mañana, y pasado mañana – pueda parecer horroroso, pero para el afligido viudo Rigoberto tenía absoluto sentido.

De improviso, mientras ponderaba qué hacer, recordó algo que había escuchado hace poco acerca de una cremación: palabra que hubo salido de la boca de su amada y tiesa esposa un día en que ella le compartió un superfluo diálogo acerca de los ritos fúnebres que había tenido con una amiga inglesa cuyo nombre ahora es absolutamente irrelevante, en la panadería del pueblo llamado Stranetti.

En el nombre del amor, el abandonado marido intentó agotar su memoria; de alguna manera intuyó que debido a que esa anónima amiga de su mujer era rica, la cremación tenía que ser el camino a seguir para honrar a su amada Rossella. Poco importó su inseguridad acerca de la precisión de la anécdota, y menos aún que ignorara todo sobre el correcto proceder. Rossella merecía lo mejor, y a eso estaba condenada.

Lleno de amor y honor, Rigoberto gastó todo el dinero que pudo para llevar a cabo una correcta – según su alterado y emocional juicio – ceremonia de cremación. El deshijado hombre que muchas noches había soñado con sanar su pasado a través de la paternidad, cubrió a su ahora púrpura e hinchada esposa con la mejor panna que fue capaz de compra: setenta y ocho kilos de crema pronto comenzaron a transformar la partida amore en una torta gigante hecha de carne en descomposición, fétidos aromas y piel ulcerada. Todo el espectro de posibles sabores se estaba macerando sobre la mesa-ataúd de la cocina.

Cuán fácil es juzgar y condenar la conducta homenajeadora de Rigoberto; pero tenga en cuenta, querido lector, que era ahora cuando las fallidas lecciones de inglés y sus asuntos no resueltos con su española madre estaban comenzando a pasar factura. Ahogándose en un mar de desesperación, enojo y culpa, el viudo había confundido la palabra italiana cremazione con aquella creada para representar esa maravilla culinaria que estaba atrayendo a toda clase de animales salvajes y roedores, los cuales pronto se dieron un festín con la blanca torta de carne fétida. Un error que ha de ser comprendido bajo las circunstancias en las cuales fue hecho. Un desafortunado hecho que a la sazón fue no sólo fútil, sino mortal para los restos de Rossella, quien involuntariamente encontró su morada de eterno reposo dentro del sistema digestivo de varios ratones, ratas, y otros animalillos asquerosos.

El llorante esposo, ignorando el nocturno festín que habría de ocurrir en su propia cocina velatoria, dejó a la difunta cubierta de crema y, una vez que su tarea hubo sido terminada, fue a hacer las paces con Morfeo; se perdió en la sombra de su ahora solitaria habitación, desconociendo aquello que iba a suceder durante sus viajes soñadores.

El vacío lo esperaba a la mañana siguiente… una dura y amaderada vacuidad que aún soportaba el peso de un hinchado ratón que estaba disfrutando las ultimas texturas del abdomen de Rossella. De no haber ocurrido este pequeño detalle, Rigoberto seguramente habría terminado en un manicomio, convencido de que su esposa se había transformado en una zombie que aterrorizaría a toda la aldea de Stranetti. La glotonería tuvo un digno representante en esta historia, además de demostrar ser una salvadora de vidas; acaso una prueba final de que nada sea permanentemente un pecado, y que depende de cómo es utilizado y experienciado.

Lejos de sentirse abatido, el viudo pronto fue consciente de su terrible error, y decidió, en ese mismo momento, que expiaría su sospechado fallo, transformando la cremosa experiencia en un evento que cambiaria su vida. Pero antes de que la epifanía surgiese a la existencia, algo necesitaba ser hecho; sí, cierto era que no había ni un resto de aquello que supo ser el recipiente de su Rossella esposa, pero al menos una incierta parte de ella tenía y merecía estar dentro de su amante marido. El codicioso ratón encontró su propio fin con la primera mordida; el sistema digestivo de Rigoberto era ahora consciente de que tenía otro propósito: ser una tumba para su mujer. Una tumba dentro de una tumba.

Una tumba que habría de ser cuidadosamente controlada: desde ese mismo momento, el constante viudo ayunó durante dos dolorosas y hambrientas semanas para asegurarse de que nada más contaminase los restos de su esposa; y todos los excrementos durante aquel período de tiempo serían enterrados en la discreción de su jardín privado… hasta que no pudiese excretar más. Una tumba dentro de una tumba dentro de muchas tumbas.

Luego de que la tierra hubo sido aplanada – digestión completamente terminada – se embarcó en una misión acaso heroica: ser el mejor sepulturero de todos [2], no sin antes comer una hogaza de pan. Esta fue una determinación que podría y debería ser considerada el Big Bang, no sólo del oscuro negocio familiar, sino también de esta historia.

Pero antes de abordar el barco que eventualmente lo llevaría hacia una vida de millones y gusanos, tenía que limpiar su cremosa vergüenza: vendetta. Esa pilluela “profesora” de algo que él creyó era inglés habría alcanzado su final, volviéndose así la primerísima víctima y clienta de Rigoberto… siempre y cuando hubiese podido encontrar a la uzbeka en primer lugar. Sin embargo no fue el caso, y el viudo tuvo que aceptar que algunas deudas no se pueden cancelar. En cambio, le dedicó algunas actividades masturbatorias en memoria de la madre de la uzbeka.

Algunos años después, los resultados del esfuerzo y la energía de Rigoberto habíanse materializado en forma de una majestuosa casa funeraria… la empresaria transmutación de aquel incidente cremoso; una compañía conocida en todo el pequeño pueblo de Stranetti como Sepelios Szaborostroskyiop.

Por supuesto que es perfectamente normal preguntarse acerca de la naturaleza de semejante nombre. Tal como es justo y un honor a la lógica y al sentido común el preguntar por qué seguimos llamando chocolate blanco a algo que claramente no tiene nada de la esencia que le da el nombre a semejante delicadeza dulce. ¿Por qué? ¿Qué sería del pesto sin albahaca? ¿Qué es Basil sin Manuel? ¿Qué sería de este relato sin un ad libitum ad aeternum?

Aquí viene el nudo gordiano de la historia que aquí nos convoca en esta misma página, el cual aún no puede ser desatado. Algunos dicen que el nombre es un sutil hommage a la embaucadora disfrazada de profesora de inglés cuyo nombre familiar era totalmente desconocido: por ende, Rigoberto tuvo que inventar algo que podría aparentar ser de origen uzbeko. Otros dicen que los mejores tagliatelle Alfredo que se pueden comer son servidos en una pequeña trattoria en algún lugar cerca de la Fontana di Trevi. Y el resto sugiere que el siguiente párrafo podría proveer una explicación plausible para semejante disparate. Habremos de seguir, al menos por el momento, este último camino.

La Sagrada Escritura que alguna vez perteneció a las peludas manos de uñas amarillentas de un hombre al cual se lo creyó un santo ignorado, un hombre con una intuición divina y poderes sanadores, un hombre llamado Vincenzo Mortessi, padre de la capilla de Nostra Madonna delle Oglio, nos ofrece una visión desde adentro acerca de las posibles razones para semejante nombre excéntrico aplicado a un pujante negocio, el cual perteneció o acaso pertenece a una pura famiglia de sangue italiana (sin embargo sabemos con certeza que esto no es cierto).

Aquí serás capaz de leer la copia verbatim de lo que pudo ser interpretado a lo largo de algunas páginas de la Sagrada Biblia usada durante sus misas dominicales, las cuales comenzaban usualmente unos minutos luego de la novena hora del día de descanso. Superando su paupérrima letra, compartimos lo siguiente:

“… efectivamente aquellos fueron tiempos prósperos para nosotros: la iglesia inundada de peregrinos y verdaderos creyentes, y mi entera familia estaba felizmente trabajando para nuestra floreciente Casa Funeraria. Mas el presente no es más que una trucha que resbala por entre los hambrientos dedos del pescador; así es como velozmente el pasado se transforma en un olvidado presente. De alguna manera las cosas comenzaron a cambiar de esa resbalosa forma pescadera. Mis correligionarios, aquellos felices habitantes de mi amada aldea de Stranetti, comenzaron a morir menos frecuentemente.

“No me di cuenta entonces, pero lentamente, luego de algunas desveladas noches inundadas de sinceros recitales de la Sagrada Escritura, fui capaz de conectar los cabos sueltos: todas las plegarias pronunciadas en mi iglesia estaban siendo respondidas con prontitud (un hombre es santo hasta que sabe que lo es, un dicho que se aplica perfectamente a este caso: el humilde Vincenzo creyó que el milagro era un aséptico trabajo del Señor, mientras que él mismo tenía un rol fundamental en lo que estaba sucediendo entonces. Él era un hombre bendecido con poderes sanadores los cuales ignoraba. Aquellas milagrosas recuperaciones eran logradas a través de sus amarillentas e inconscientes manos) por nuestro Señor que es el más Generoso; cierto es también que todas esas imploraciones eran, mostrando la calidad de mis feligreses, únicamente de una naturaleza benévola… en su mayoría rogando por el alivio de una dolencia, o la cura para una enfermedad implacable.

“El éxito de la vida humana, en ocasiones, pide por el fracaso de la abundancia material. En este caso en particular, la longevidad y la vida ilimitada eran igual a la lenta muerte agonizante del negocio familiar. Al comienzo, apenas significó que algunos lujos habían de ser postergados, e incluso así las cosas eran de alguna manera tolerables; sin embargo, pronto la presencia de los continuos milagros comenzaba a ser notable a través de la fisicalidad de aquellos que trabajaban en nuestra Casa Funeraria: todos tenían un aspecto formidable y podrían haberse unido al prestigioso ballet del Bolshoi, o acaso haber forjado una promisoria carrera en el mundo de la moda.

“Pero desde ya que en ocasiones una ganancia equivale a una pérdida: volverse más ligero implicaba aumentar los gastos en ropa… un expendio que no podía ser afrontado por la benevolencia y la inescrutable voluntad de nuestro Señor y sus sanadores milagros. Todos nuestros hambrientos empleados de la empresa familiar eran forzados a sentirse avergonzados debido a una cierta falta de sentido modístico – algo que resultaría mortal para cualquier italiano orgulloso de ser tal – o bien a actuar como raperos o lucir sábanas y frazadas y cortinas para evitar el nudismo. Algunos soportaron la reprobatoria mirada de los otros, algunos pintaron sus rostros de negro para lucir como verdaderos raperos, y el resto fueron rápidamente bautizados los griegos.

“Poco después de esta ignominia vestuarística, mi corazón comenzó a sentirse entre la espada y la pared. Debido a que espada sonaba parecido a España, tierra natal de aquella mujer que acaso inspirara a nuestra amada Casa Funeraria, elegí la espada [3].

“Los Mortessi aún tenían la chance de aprender un oficio, de ejercitar el desapego y recrear una nueva vida, un nuevo horizonte lleno de tremendas oportunidades; pero eligieron el camino del sufrimiento, la senda del acarrear siglos de herencias vacuas sin ningún propósito real, de la inercia monetaria desalmada… más no sea otro que aquel de la pereza y la seguridad material.

“Como ultimo recurso, se les permitió usar mi iglesia como su hogar circunstancial y mi humilde cocina como su fuente de comida; pero el orgullo tiene un lugar asegurado dentro de los hombres. Elegí la espada a pesar de saber lo que la mano del destino estaba comenzando a dibujar en el lienzo que era mi vida. Fui puesto de inmediato bajo el examen más duro que he vivenciado hasta ahora: mi familia comenzó a asistir a la misa dominical solamente para pedir, para rezar, para rogar por una muerte diaria y la anulación de todos los deseos de recuperación y bienestar pronunciados previamente por mi rebaño. Sin embargo, ignoraban la solitaria precondición de la verdadera plegaria: un corazón sincero; una cualidad que por supuesto no poseían, pues tenían otros senderos que recorrer, otros reinos que conquistar; además, adolecían de la astucia y el coraje que implica seguir una básica verdad de todos los caminos religiosos y su objetivo común: el conocerse a uno mismo… algo que he estado intentando conseguir durante toda mi vida consciente, pero que sin embargo está resultando ser la tarea humana más demandante, acaso imposible.

“La solitaria noche fue nuevamente la portadora de aquella respuesta que mi corazón buscaba ansiosamente; ella vino en forma de un cuento… una historia que escuché una vez, hace muchos años, durante una breve parada en un caravasar situado en una inexplorada aldea iraquí. Temo que mi memoria, débil como todas, pueda traicionarme, pero intentaré conservar la esencia del cuento:

 

El discípulo de un Sufi de Bagdad estaba un día sentado en un rincón de una posada, cuando oyó hablar a dos personajes. Por lo que decían, se dio cuenta de que uno de ellos era el Ángel de la Muerte.
“Tengo varias visitas que hacer en esta ciudad durante las próximas tres semanas”, decía el Ángel a su compañero.
Aterrorizado, el discípulo se ocultó hasta que ambos hubieron partido. Entonces, aplicando su inteligencia al problema de cómo frustrar una posible visita de la muerte, decidió que si se mantenía alejado de Bagdad, no sería tocado. Solo hubo un corto paso entre este razonamiento y alquilar el caballo más veloz disponible y espolearlo día y noche en dirección a la lejana ciudad de Samarcanda.
Mientras tanto La Muerte se encontró con el maestro Sufi y hablaron sobre diversas personas. “¿Y dónde está tu discípulo tal y tal?” preguntó La Muerte.
“Debería estar en algún lugar de esta ciudad, empleando su tiempo en contemplación, quizá en un caravasar”, dijo el maestro.
“Sorprendente”, dijo el Ángel, “pues está en mi lista. Sí, aquí está: tengo que recogerlo dentro de cuatro semanas, nada menos que en Samarcanda”.

“Luego de semejante revelación, supe que la tan ansiada, rogada y orada muerte corpórea no sucedería por razones monetarias; pero también supe que todas las elecciones tienen un costo, a pesar de que estoy dispuesto a pagar la mía en cualquiera sea la moneda requerida por Él.

“No puedo ocultar una sombra que nubla mi corazón… nubes que están comenzando a lograr el olvido del sol, el encendedor de la vida, y algunas lluvias de preocupación están comenzando a caer desde ellas. Solamente espero que la preocupante agua que llueve desde las alteradas nubes no sea transformada en granizo, pues mi seguro de auto no cubrirá el daño. Mejor que deje de escribir y busque una apropiada protección para el carro.”

Hasta aquí hemos leído la transcripción de las reflexiones realizadas por el Abad Vincenzo. Es nuestra obligación abandonar así semejante barco hecho de memorias porque, luego de escribir la última palabra que apenas hemos apreciado con nuestros propios ojos – esta última palabra no es no, y no es es, ni tampoco es palabras, ad libitum ad aeternum –, algo sucedió. La ultima letra que escribió fue la n, y las nueve anteriores fueron oiccetorp, o si se prefiere, proteccio. Pero antes de finalizar este párrafo, me gustaría hacer una pequeña corrección para así no abusar del recurso de la nota a pie de página; nada que comience con cantidades finitas podrá proveer infinitas – aunque si vastísimas – variaciones. Por ende, con ad libitum basta.

Entonces, para dejar las cosas tremendamente claras, protección fue la última palabra que Vincenzo fue capaz de escribir en su vida; varias son las probables causas de su repentina desaparición: se patinó mientras corría a proteger su amado auto; o la lluvia era tan abundante que lo ahogó mientras se dirigía rumbo a su carro; o una gigante piedra de granizo pudo haber golpeado al (próximamente) finado Vincenzo en la cabeza dejándolo en un estado de desmemoria crónico; o alguien de su familia pudo haberlo secuestrado; o ad libitum non aeternum. Cuenta la leyenda que el se transformo en el primero de una gran cantidad de frescos clientes que ayudaron al negocio de su propia familia a expandirse hacia el cielo, y también el infierno.

Los hechos anteriormente mencionados no nos dejan otra alternativa que recurrir a, y hacer buen – y por que no soberbio – uso de los enormes y vastos dones memorísticos de Gianinna Madoninna Mortessi, prima segunda de Vincenzo por el lado de la mamma: por ende la hija de sus propios padres y por un golpe de suerte sobrina de sus propios tíos, es decir, los propios padres de Vincenzo, con la intención de resumir el relato de la historia en cuestión.

Ella era lesbiana, pero también le encantaban las naranjas. Así reminiscea:

*Por favor notar que todas las palabras escritas entre () son meros comentarios del editor.

“Gianpietro interrumpió intempestivamente la cena familiar mientras celosamente apretaba un acuerado maletín contra su aceitoso sobaco, el cual estaba lleno de diferentes tarjetas comerciales de nuestro negocio sepulcral Szaborostroskyiop; modesta pero precisamente ellas informaban acerca de nuestros servicios. Cada rectángulo de cartón ofrecía una variedad de descuentos en caso de que nuestros servicios funerarios fueran contratados, proveyendo a los enlutados familiares la posibilidad de ganar distintos regalos y premios: como por ejemplo el típico entierro siciliano con la presencia de un doble de Al Pacino, haciendo de un apesadumbrado Michael Corleone, lamentando la partida de su asesinada prometida, sin costo alguno. Aquellas mismas tarjetas de negocio también ofrecían datos e información increíblemente útiles que resultarían ser no solamente ventajosos en este mundo, sino en todos aquellos por venir: el nombre de un ignoto sacerdote pronto a ser santificado, algunas aleatorias informaciones acerca de las preferencias posturales de una renombrada figura clerical, o el horrendo hábito apostador y bebedor de un cierto poderoso político… el tipo de cosas que garantizan una triunfante entrada imperial al Jardín del Edén.

“Luego de haber compartido su rectangular invención acartonada con nosotros, escupiendo mientras alababa sus manipulaciones mercadotécnicas y describía cada preciosa promoción y descuento con desenfrenada pasión, juntó sus labios y emitió un silbido agudísimo, acaso como si estuviera soplando un invisible hilo atado a los pechos de aquellos gigantes albaneses que pronto invadieron todo el espacio disponible en el cuarto; eran marineros, con más dedos que dientes y una extraña debilidad hacia las naranjas; de eso me pude dar cuenta en un instante. También estaban dispuestos a cumplir la extravagante idea de mi primo.

“El plan: servirse de cualquier ardid que pudiese ayudar en la consecución de la meta empresarial que codiciaba al menos un servicio funerario por día. Los recursos: todos aquellos necesarios para hacer efectiva la muerte siempre y cuando no despertara sospechas. Al comienzo el protocolo fue difícil de manejar, y también demostró ser una tarea más compleja que la prevista. Las primeras muertes ocurrieron como consecuencia de nerviosos bombardeos llevados a cabo por aviones soviéticos cuyos pilotos habían sido contratados y entrenados por Gianpietro y sus Fabulosos Cuatro de Elbasan [4].

“Pronto los costos comenzaron a ser mucho más altos que los calculados – bien por encima de los 36.000 metros de altitud desde donde se realizaban los bombardeos – y la táctica aérea fue raudamente transformada en un mortífero reptar metálico. Varios y estruendosos intentos usando tanques alemanes Panzer demostraron ser tanto fútiles como grotescos; pronto el negocio familiar no podía manejar los servicios requeridos, ya que la abundancia de fallecimientos puede ser una desgracia disfrazada (es fácil inferir, dados los nombres y la geografía del cuento familiar, que los Mortessi y su Sepelios Szaborostroskyiop se habían ya expandido mucho mas allá de los confines italianos. Se murmura que aún hoy hay una Casa Funeraria de ellos en cada ciudad o pueblo de esta esferada perfección verde).

“Pero la codicia no conoce límites, tal como ocurre con el capitalismo y mis internos gases inducidos por el ajo: su perfume puede ser percibido sin importar las medidas aplicadas para prevenir su voraz expansión. El mortífero reptar metálico de los Panzer se transformó en anfibio, y los submarinos atómicos hicieron su breve y infructífera aparición. El resultado fue absolutamente desastroso dados los más de mil kilómetros que separaban a Stranetti, lugar de la sede central de Sepelios Szaborostroskyiop, del mar; nos convertimos, al menos durante los meses que le llevó a la directiva darse cuenta de que estábamos alimentando a la competencia, en una compañía involuntariamente generosa.

“Por esta razón, y muchas otras, las cosas tenían que cambiar. La humanidad ha estado siempre, y lo estará, ligada al agua: nuestro origen como forma viviente puede ser encontrado en el océano, y nuestra propia vida personal comenzó en un oceánico vientre materno. Inspirado por esta idea, Gianpietro descartó las metálicas bestias subacuáticas y condujo a sus Fabulosos Cinco de Elbasan fuera del agua, como un Dios-CEO.

“Tal como si hubiesen estado recreando el salto evolucionario, un número indeterminado de hombres salió del mar Adriático, descendiendo no solamente de los ancestrales simios, sino también del SS Aurora, el transatlántico que trajo a nuestro súbito ejercito desde las tierras del chile piquín y el Coatzacoalcos.

“Mi primo, al traer una milicia de elite que supo pertenecer al EZLN, el ejercito zapatista de liberación nacional, le dio armas a un pensamiento. Justo es decir que la tarea no estaba evolucionando – a pesar de que nuestra codicia pueda ser culpada – simplemente porque no estábamos apuntando al centro de la rueda; demasiada demostración de fuerza solamente para matar a unos abuelitos que cada tarde disfrutaban un ristretto en el único café del pueblo [5]. ¡Cuán avergonzada me siento por no ser capaz de ver con claridad en aquellos tiempos! O acaso el objetivo de Gianpietro era mayor que el que me fue dicho en aquel entonces, y ya estaba trabajando a escalas mucho mayores e ignoradas.

“La novedad pronto puede volverse una costumbre y, como consecuencia, las respuestas automáticas comenzarán a mostrar (predeciblemente) sus rostros habituales y horrendos. El alguna vez ejército revolucionario comenzó a reclamar seguro médico, un corte de dos horas para almorzar como lo hacen los colegas españoles , subsidio por hijos y triple pago por horas extras. Y naturalmente, los costos se dispararon hasta el infierno nuevamente; pero el sagaz Gianpietro siempre encontraba una manera de mantener nuestros congeladores llenos. ¿Cómo es posible que una casa funeraria puedo haberse ocuparse de todos estos pedidos? Algo más debía de estar ocurriendo.

“La ocasión hace al ladrón, y el color negro amarronado hace al chocolate real; el soborno pronto hizo su estelar aparición papelera, librándonos de la milicia que alguna vez supo ser revolucionaria. Pronto, cada trabajador del pueblo (un reductio ad absurdum pero invertido: es fácil proyectar la palabra singular pueblo a todo el planeta tierra) relacionado de alguna manera con la industria de la salud, comenzó a danzar al ritmo del dinero saliente de la dadivosa Casa Funeraria Szaborostroskyiop. Los doctores comenzaron a entregar prescripciones equivocadas, sugiriendo dosis más altas que las recomendadas, y el favorito absoluto: el crear ex nihilo una enfermedad casi siempre mortal, para luego informar al paciente de su pronta partida… algo que en realidad no es muy diferente a lo que normalmente hacen los galenos; mas en este caso, con algún elemento sea acústico o visual, que dirigiría al engatusado o al acompañante de turno rumbo a nuestras sucursales.

“Esto – la flagrante e intencional creación de un padecimiento ausente – debería haber sido una práctica inútil; pero tal era la densidad de la autoridad sustentada por aquellas figuras científicas, que nueve de cada diez de estos casos terminaba en una muerte desprovista de una causa real. Los psicólogos y psiquiatras también fueron parte de este engaño, al sugerirle a todos sus depresivos pacientes, no sin una cierta sutileza, el fin de todos sus problemas por medio de un inocente suicidio… incluso proveían aquellas drogas que crearían una muerte durante el dormir, ergo indolora.

“Los dioses de carne de aquellos tiempos, los jugadores de balón-pie, también estaban subidos a ese tren-fiesta danzando al compás de los sobornos, las drogas y las prostitutas. Su predecible tarea era la de errar goles cantados y penales, con la intención de tentar a esos tambaleantes corazones sufriendo el partido en cuestión. Aquí citamos algunos ejemplos de tal lamentable práctica financiada por sepelios Szaborostroskyiop: vergüenza.

“Preferiría no estar forzada a admitir que también algunos sacerdotes estaban a bordo del tren-fiesta. Mi ahora loco y todopoderoso primo Gianpietro les había encargado la sutil demolición de la Fe Cristiana, de la divinidad de Cristo, la autoridad del Papa y lo apropiado de relacionar a Pinocho con el verdadero Mesías; para finalmente glasear la atea torta con un guiño rumbo hacia un mundo desmoralizado dado que mi primo solía decir ‘qué es el libre albedrío sino la chance de hacer lo que queramos?’ Será que todos estos últimos escándalos de abusos sexuales que sacuden los cimientos de nuestra Santa Iglesia están de alguna manera ligados con la rampante codicia de nuestra familia?

[6]

“Pero cómo funcionaba esta estratagema asesina enferma de codicia? El postrero e invisible toque era el más importante y crucial momento de todos: la disimulada introducción de aquellas infames tarjetas de negocio en el bolsillo del caballero o de la dama que había sido previamente asesinado o suicidado. Predeciblemente, los enlutados seres queridos de la víctima, debido a una entendible falta de reflejos y a la presencia de un denso dolor del alma, recurrían a aquello que estaba a mano, resultando en apariencia ser la solución más simple – conveniente –, ergo, nosotros: la hoy pujante y siempre en expansión Casa de Sepelios Szaborostroskyiop.

“Por supuesto, para que lo anterior resultara fructífero, un empleado de la firma debía estar en la vecindad del lugar en donde el accidente hubo ocurrido; las fuerzas civiles del orden siempre han estado inclinadas a hacernos saber de cualquier infortunio mortal por el precio justo. El empleado en cuestión tenía que llevar consigo todos los papales y documentos requeridos en todos momento, además de tener pulida una apropiada excusa (coartada) que explicase su presencia en la escena del crimen… perdón, accidente, y el estar listo para llenar los formularios de una forma útil, amigable y discreta: todo esto, claro está, para facilitar el comienzo del ballet mortuorio. Aprovechándonos de la pena y dolor de los sacudidos familiares de la víctima, nuestra precisión en las contrataciones rozaba por lo general un obsceno 95%”

Aquí termina el relato de la lesbiana, en apariencia interrumpido por un primo lejano de ella cuyo nombre será revelado en unas líneas sucesivas pero cuya capacidad mental tiene que haber estado seriamente disminuida, quien bien pudo haber inducido a su finada prima tortillera a suicidarse. Esta sospecha fue luego confirmada mediante el hallazgo de una tarjeta de la mismísima Casa Funeraria Szaborostroskyiop dentro de su boca, y un panfleto que prometía los mejores asientos en el paraíso a precios populares, patrocinado por la empresaria aventura familiar firmada por el mismo como cugino Manfredo. No hubo oposición ante semejante evidencia final.

A manera de epílogo citamos las líneas de Giancarlo Manfredo Ruperto Mortessi, segundo – y asesino – primo (y un poco imbécil) de la amante de las naranjas:

“Yo no tuve nada que ver con la muerte de mi prima tercera [7]. Sé que nadie lo cree así, pero por si acaso quiero aclarar lo siguiente: yo no la suicidé. Lo hizo ella misma… yo solamente la alenté a que lo hiciera. Si no, lo hubiera hecho con mis propias manos!”

Tremendo, ¿no les parece?

Luego de la siniestra manchada de sangre campaña asesina y rellena de masivas matanzas y publicidades manipuladoras (¿acaso hay alguna publicidad cuyo objetivo no sea la manipulación?) la final sentencia de muerte estaba a punto de ocurrir dentro de las entrañas de la infernal familia Mortessi: la codicia, una lenta mas mortalmente venenosa serpiente comenzó a hacerse, uno a uno, de cada miembro perteneciente al clan de asesinos y funebreros. La muerte se transformó en algo más que opulencias y deseos lujuriosos; la muerte se transformó en una hermana, un hermano, la mamma. La muerte estaba en todos lados y era todos. Las causas podrán parecer diferentes al ojo del observador, pero el origen, la verdad… es una. Algunos de los decesos ocurrieron a través de accidentes, otros fueron suicidios involuntarios, otros no; la diversidad encontró su fin (y principio) en un solitario denominador común: la imbecilidad.

La única y postrera sobreviviente – a pesar de que aún pueden encontrarse algunas voces, afirmando la perdurable existencia de una vasta cantidad de Mortessi alrededor del globo – de la ahora pudriente famiglia era la casta y pura Bianca Mortessi, cuya avergonzada presencia fue repudiada en la región de Liguria toda. Semejante oscura nube resultó ser demasiado para su gentil espíritu, y pronto decidió partir con la intención de degustar aquellas aguas marítimas que aumentan la sed, y nadar hacia la mítica isla de Cirs en una remota zona abrazada por el océano no tan Pacífico.

Algunos afirman que es una leyenda, otros que es un mito, y menos aún son quienes asumen que, aunque posible, es bastante difícil de aceptar para la mente: incluso hoy, en el gris y maduro y pestilente pueblo llamado Stranetti (o deberíamos decir lo que queda del mismo luego de los infinitos bombardeos llenos de codicia sepulturera), se pueden encontrar algunos cadáveres en los alrededores de la Piazza Centrale, enterrados algunos metros bajos tierra, portando aún una amarillenta tarjeta de la Casa Funeraria Szaborostroskyiop. Cada año, como una bizarra conmemoración del nacimiento de Rigoberto el cremador Mortessi, el circunstancial pastor de Nostra Madonna delle Oglio es cubierto de crema y rodeado por una esponjosa capa de torta, transformado en una dulce delicia humana mientras los habitantes del pueblo, disfrazados de ratas, ratones y otros horribles roedores, comen la crema y la torta sin morder la carne del sacerdote. Es justo decir que, en ocasiones, el hambre vence. Varias infecciones en el cuerpo del pastor lo refrendan.

El ultimo de los Mortessi – y así les gustaría que lo creyéramos –, Pietro Alberto, aún está siendo velado en la inaugural sucursal de la Casa Funeraria Szaborostroskyiop; ceremonia que comenzó alguna vez hace ciento veinte y siete años. Mas algunos afirman que en efecto es imposible saber a ciencia cierta cuantos herederos del imperio de la muerte quedan.

Mientras tanto, un mito urbano asoma su fabulada cabeza por sobre todos los demás: relata que donde haya más de 1001 personas habitando un mismo pueblo o aldea, existe una Casa Funeraria cuyo nombre comienza con la letra S. Aquellos creyentes claman que es un signo… un signo del perdurar del imperio italiano; un atisbo o afirmación de la persistencia de la codicia. Aquellos creyentes claman que sería demasiado obvio que las sospechadas sucursales siguieran repitiendo el mismo nombre manchado de sangre; una mera letra sería acaso suficiente para enviar el mensaje a la mente dormida del ser humano común. Aquellos creyentes claman que el hombre volador en un ajustado traje azul, calzón rojo, capa de mismo color y un fijo cabello engominado con un dulce rulito acariciando su frente, sería una súper invención de la imparable compañía. Superman sería apenas una farsa, una façade que acaso le permita perdurar a la letra S, percutiendo y condicionando a la raza humana entera.

Aquellos creyentes saben que el sistema no es el culpable, sino aquellos que le dan vida: la codicia necesita dinero como un bebe necesita amor. Aquellos creyentes también afirman que demasiados (acaso todos) líderes internacionales son parte del esquema; que todas las compañías farmacéuticas tienen acciones de la innombrable empresa familiar; que todas las guerras registradas durante la era moderna podrían ser rastreadas hasta la desgraciada familia Mortessi; y que la creación de un absurdo Superman fue un golpe a la memoria, obrando como una distrayente y olvidadiza brisa cuya misión sería disimular los previos abusos… un golpe que despejaría a las preocupantes nubes de la muerte. Una brisa que obró como un viento indoloro que llevó consigo las toxinas del ajo que no tendrías que haber ingerido. Una brisa que trajo al huérfano niño desde Kriptón: hito que probablemente veló a cada uno de las mayores atrocidades ignoradas en nuestra historia contemporánea.

Todo esto fue descubierto gracias al infatigable trabajo de Herr Doktor Manfred Schuppenfeur, profesor residente en el Instituto Max Planck de Alemania y experto líder en el campo de construcciones de mitos, leyendas urbanas y emanaciones inodoras del ano.

Pero poco después de su horrífico descubrimiento, Manfred apareció misteriosamente baleado en su Mercedes Benz Compressor V12, el cual estaba equipado con asientos de cuero y detalles en nogal y bronce. En su bolsillo, fue encontrada una bizarra tarjeta con la siguiente inscripción:

“Cupón para un descuento del 50% válido para enterrar a un científico muerto cuyo nombre comienza con M y termina con D [8]. Por favor, si usted es esa misma persona o por casualidad es un pariente cercano del fallecido, contáctenos a la brevedad. SBM.”

OM

La nota a pie de página se volvió innecesaria luego de la traducción del texto.

[1] Los guarismos varían de acuerdo a la hora en la cual tales cálculos sean hechos. John Landman, decano del departamento de Ciencias Aplicadas en la Universidad de Dartmouth (y a cargo del departamento de su hermana cuando Sue disfruta sus vacaciones en Saint Lucia) comenta que el número tiene que ser 786 si los cálculos fuesen hecho durante la octava hora del cuarto día de la semana y la tarea no llevara más de una hora en ser terminada. Desafortunadamente, el Dr. John Landman no explicitó en su paper si para él la semana comenzaba el domingo o el lunes.

[2] Algunos recortes periodísticos de aquel entonces cuentan acerca del arribo de un cierto galeno apellidado Ciccioli de la zona de Ascoli-Piceno, quien caminó afirmando sotto voce que estaba trayendo el elixir de la vida eterna. Algunos crédulos sugieren que su arribo y el declive (simulado) del negocio familiar de los Mortessi fue apenas un truco del azar. Por otro lado, algunos afirman que antes del arribo del doctor Ciccioli las cosas ya estaban dañadas más allá de cualquier reparación posible. Mientras que a otros esta historia les importa tres carajos.

[3] El lector pronto encontrará un profundo análisis escrito por el mismo milagrero que deconstruyó el símbolo comunista por antonomasia.

[4] No es hasta reciente que algunos historiadores han comenzado a cuestionar la relación entre los regímenes totalitarios del siglo XX y el imperio construido sobre la muerte de los Mortessi. El profesor Richard Daukine, jefe del Departamento de la Facultad de Estudios Sociales que pertenece a una rama de una secta secular patrocinada por la Universidad de Oxford, sugiere que si comes pescado, es esencial acompañarlo con vino blanco; pero si volvemos a nuestra preocupación principal – esta horrenda historia – él afirma que se deberían realizar ulteriores investigaciones para comprobar definitivamente la existencia de lo que hemos llamado el triangulo de la muerte: Hitler, Stalin y Mortessi. Una teoría similar estaría comenzando a resonar en las principales salas de noticias de las agencias de prensa más influyentes: ¿estuvo Harry Lee Oswald involucrado de alguna manera con el imperio Mortessi? Virtualmente la misma pregunta podría (y debería) ser aplicada a cada gran ataque terrorista ocurrido durante la segunda mitad del siglo XX. Los más osados sugieren que, probablemente, haya un eslabón a ser descubierto entre cada uno de los flagrantes – o sutiles – errores deportivos (árbitros incluidos) y cada una de las matanzas ocurridas, con el imperio italiano.

 [5] El historiador lituano Arvidas Sarjulianis siente que el eslabón entre las maniobras sobornarias de Gianpietro y la Gran Guerra o Primer Guerra Mundial no debería ser descartado a la ligera; incluso sugiere que el asesinato del archiduque Franz Ferdinand de Austria fue un desafortunado accidente dado que, y por primera vez en la historia, las codificadas instrucciones fueron incorrectamente leídas: se cree que mientras revisaba los ocultos detalles de la misión, el asesino tenía una partitura desconocida dentro del inconsciente alcance de sus ojos (muchos asumen que estaba sentado al piano y que la partitura era la Appassionata de Beethoven), cuyas dinámicas pudieron inadvertidamente haberse filtrado dentro de su mente dormida… se cree que las palabras que seguramente causaron el asesinato del Archiduque y la consecuente Primera Guerra Mundial fueron: ff morendo alla fine.

[6] El párrafo borrado era de semejante baja calidad literaria que se evaporó a sí mismo.

[7] La imprecisión numérica expone la imbecilidad del personaje.

[8] Nótese el error que baña el mensaje asesino: donde debería haberse escrito la letra R, leemos la letra H. Esta es una clara indicación de que el perpetrador del crimen tiene que haber sido un descendiente no reconocido del imbécil Giancarlo Manfredo Ruperto Mortessi. Tales son las postreras conclusiones del escuadrón de Interpol que está intentando actualmente resolver el crimen, de una vez y para siempre.

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