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XLI. Recursos

por | Jul 6, 2014 | Opus Magnum

windowUna hermosa oportunidad para conocer más acerca de la infancia vivenciada (y sufrida) por nuestro admirado Radamés:

Respetadas autoridades, maestros, conserjes, familias que forman parte de esta increíble institución educacional, conocidos, enemigos, gente a la cual solía conocer pero dado que ha pasado tanto tiempo ya no puedo llamar amigos, amados, odiados, alumnos…

“Este es un ejemplo de cómo mi locuaz y… (algunas manchas de tinta nos impiden transcribir con precisión el otro epíteto utilizado) madre solía comenzar sus discursos durante mis tiempos color sepia transcurridos en esos erectos días de la escuela primaria.

“Obviamente, cuando digo solía estoy siendo por demás generoso, debido a que durante mis años escolares mi madre apenas fue capaz de dar solo uno de esos desastres memorables también llamados discursos de padres; poco después de su primer y último intento fallido fue admitida en una famosa clínica psiquiátrica situada en la Isla de My, luego de la sensata y prudente opinión vocalizada por el doctor familiar, Daniel Scianeus.

“Probablemente debido a que el destino en ocasiones nos toma el pelo – violando nuestros deseos y esperanzas – el hospital psiquiátrico condenado a transformarse en el postrero hogar de mi madre estaba completamente cerrado. Así, abandonada a su suerte isleña, comenzó a remar, pero solamente después de haber construido un aparato flotador con la única ayuda de sus propias manos; hazaña que fue obviamente realizada tanto antes de haber saltado a bordo de la humilde y temblorosa balsa, y del remar.

“Remó durante días disfrazados de siglos y remó durante noches de milenaria densitud, hasta que finalmente alcanzó cierta roca ignorando que era la Isla de Huatilepasoc: lugar en el cual, luego de varias vicisitudes, madre fundó una cadena de supermercados, haciéndose millonaria como resultado de sus aventuras como entrepeneur; pero el vicio prevaleció… y el una vez olvidado torrente infinito de palabras reapareció en su boca durante la vocalización que brindó en la apertura de lo que pronto sería la última sucursal de su babilónico imperio supermercadista, demostrando ser – una vez más – una obsesión acaso fatal: discursos.

“Más tarde me confesó en una lastimosa y patética carta que solamente había deseado quedar embarazada para tener la chance de brindar un correcto discurso escolar; tal era la densidad de su obsesión para cumplir con la doliente compulsión disfrazada de deseo y lujuria por palabras insignificantes; lo que hoy conocemos como político o filósofo.

“Después de mi graduación universitaria una nueva tarea o misión se le fijó en la mente y útero: embarazarse otra vez; sin embargo, el omnipresente destino – quien para entonces se había vuelto experto en violar y destruir deseos – quiso que todos sus amantes circunstanciales fueran estériles. Casi la mitad de aquellos desdichados utilitarios fueron rápidamente descartados gracias a su increíble habilidad para darse cuenta de si estaba embarazada o no por el olor del dedo meñique de su pie derecho.

“En aquellos tiempos donde la fertilización asistida era apenas un sueño ignorado, ella no tenía más que una opción legal: la adopción. Así fue que intentó adoptar a cualquier huerfanito bajo una condición: tenía que ser posible su reinserción en el sistema escolar. Millones de dólares fueron desperdiciados en el viento luego de que las muchas promesas de encontrar al niño maduro terminaran siendo nada más que aseveraciones podridas; cuando los supuestamente seguros sobornos acabaron en callejones sin salida; incluso los traficantes de niños más impuros y granujas se aprovecharon de tamaña obsesión discursiva. El dinero, en este caso, no fue la respuesta. El babilónico emporio supermercadero sucumbió. Acciones tuvieron que venderse a precios ridículamente bajos para conseguir el líquido necesitado para los sobornos de las agencias de adopción, que al igual que el típico abusivo sacerdote católico demostraban tener un apetito quizá infinito cuando se trataba de infantes indefensos.

“Una vez que su fortuna fue dilapidada debido a corruptas demandas, eternos procedimientos burocráticos, salarios de abogados, y un infinito etc., mi madre arriesgó su mismísima libertad con la intención de obtener aquel santo grial que perseguía: un pequeño niño o niña en edad escolar que le permitiría subir al podio e improvisar la oral obra maestra que había estado componiendo durante aquellos infernales años de búsquedas y sobornos, de maduro y podrido, de Católicos y bacanales, de acciones y títulos, de remar y adoptar. Cada palabra había ya sido pulida; cada pausa establecida durante sus densas y eternas noches; cada tos del público presagiada con su necesario silencio; cada ensordecedor acople debido al fallado micrófono, cada aplauso que – al menos por un segundo – la entronizaría en el parnassus de aquellos magistrales exponentes del ejercicio articulatorio del pronunciamiento palabrero.

“El discurso estaba listo; todo lo que necesitaba era la llave viviente para entrar a ese reino hecho de cuadernos y lápices, de gomas de borrar y pedos mañaneros, de pijamas debajo del uniforme, de amores efímeros y camisetas fingiéndose pañuelos sirviendo como lienzos para mocos y otros substancias.

“Con sus últimas monedas compró un pasaje de avión hacia esas tierras orientales donde, según algunos amigos que había hecho a través del hedor de los billetes sobornales que por casualidad trabajaban en el mercado negro de niños en edad escolar, robar un pequeño estudiante era una pavada.

“Poca falta hace decir que tal empresa estaba condenada desde el inicio. Mal alimentada y al borde de la deshidratación, aún delirando y angustiada ante la perspectiva de olvidar su discurso magistral, el primer y postrero intento de obtener a un niño en edad escolar fue su última sentencia. Encerrada en una celda en Bangkok hecha de hierro, concreto, excrementos, sangre y olvido, fue vista por última vez mientras intentaba brindar su sentida e inapelable alocución a unas reclusas en la despensa; arrastrada por las guardias de la prisión, gritaba como poseída Ritorna Vincitor! Nadie supo más nada de ella.”

Un tiempo después, Radamés le confesaría a su amigo y hermano de armas Abu Kasem que sus exquisitas preferencias bañeras y su dificultad para dejar que su desperdicio intestinal viese la luz del día o la noche en cualquier otro baño que no fuese el propio, habríanse probablemente originado a partir del desorden mental y la obsesión de su madre para con los discursos escolares que la impulsaron a su fallida misión adaptatoria. Dijo:

“Para un hombre, el mero acto del ejercicio intestinal es como dar a luz; pero a pesar de que no sea una nueva vida, algo se forma y crea dentro de nuestra humanidad; y tal creación concreta o sólida o acuosa abandona su laberíntico recipiente, para jamás volver (al menos a través de ese mismo orificio); mas la alegría del arte demuestra ser de una vastísima generosidad, pues el producto de semejante ejercicio de desapego no nos deja sin brindarnos una sensación de gozo, dicha y placer. Uno (nosotros, todas las criaturas vivientes) proviene del agua y luego crece en una multiplicidad caótica; el otro va hacia ella como una unidad y luego, fragmentado, cae como una muriente multiplicidad. Si hemos de llamarnos Hombres, entonces, deberemos seguir el ejemplo invertido del cayente: de muchos, a uno. Unos escasos centímetros son la distancia entre el desperdicio y la vida. Muerte y esperanza. Aquello que no es útil y lo que podría serlo, o no. La metáfora invertida”.

De todas formas, la cuestión que me interesa verter dentro de este sacro libro no es aquello que acaban de leer, sino otra: el tema del aborto, tema espinoso si los hay (2). De hecho, el tema es tan duro y áspero que mis manos están empezando a sangrar profusamente mientras escritos estas mismas líneas. Querido lector, por favor espere un momento para que pueda limpiar y parar el sangrado… (continúa)

(1) Si el lector se está preguntando por qué la nota a pie de página 2 es en efecto la número 1, y este mismo número 1 nada tiene que ver con el presente relato, el lector debería darse cuenta incluso antes de preguntar semejante cuestión de que está dando por hecho que simplemente porque una pregunta pueda ser formulada – y por ende preguntada – ella debe ser contestada, o que incluso debería tener una réplica apropiada a semejante indagación. El hecho es que no todas las preguntas están allí para ser respondidas, y no todas las respuestas corresponden a una pregunta; sin embargo, hay respuestas que aún están esperando las preguntas apropiadas.

(2) El adjetivo espinoso es utilizado debido a los acalorados debates que dicho asunto inspira, y no porque el feto tenga escamas o espinas cuando el embarazo se interrumpe voluntariamente.

 

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